La democracia en EEUU se salva de milagro, y puede que nos quedemos sin suerte

Por Bill Moyers                                                                        Leer Versión en Inglés 

Lo siguiente es un fragmento del nuevo libro de Bill Moyers, Moyers on Democracy (Moyers acerca de la Democracia).

La democracia en Estados Unidos se salva de milagro, y puede que nos quedemos sin suerte. La suposición al uso acerca de la experiencia norteamericana, como ha escrito el historiador Lawrence Goodwyn, está basada en la idea del progreso, la convicción de que el presente es "mejor" que el pasado y que el futuro traerá mayores mejoras aún. A pesar de todas sus desventajas, seguimos pensando: "El sistema funciona".

Ya no es así. Hemos caído bajo el hechizo del dinero, de la facción y del temor, y la gran experiencia norteamericana de crear juntos un futuro diferente ha sido supeditada a la astucia individual en la búsqueda de la riqueza y el poder --y a las reivindicaciones del imperio, con sus hambrientas exigencias y distracciones. Un sentimiento de impotencia política domina el país --una resignación masiva definida por Goodwyn como "la creencia en el dogma de la 'democracia' a un nivel superficial público, pero a la no creencia en privado". Celebramos elecciones, sabiendo que es poco probable que el estado corporativo caiga bajo el control popular. A nivel local hay un vigor considerable, pero no se ha convertido en nuevas visiones de posibilidad social o en la voluntad política para enfrentar a nuestros retos más insolubles. La esperanza ya no parece ser la dinámica operativa de Estados Unidos, y sin esperanza perdemos el talento y el empuje para cooperar en la conformación de nuestro destino.

La Tierra que compartimos como nuestro don común que debe ser legado en buenas condiciones a los hijos de nuestros hijos está siendo saqueada. La riqueza pública crece a medida que las necesidades públicas se incrementan a ritmo acelerado. Nuestra Constitución corre el peligro de ser consignada al valle de las sombras de la muerte, traicionada por un poderoso grupo de autoritarios obsesionados con el secreto. Términos como "libertad" y "libertad individual", invocados por generaciones de norteamericanos que lucharon por ampliar la promesa de 1787 de "promover el bienestar general", han sido pervertidos para crear un gobierno dedicado fundamentalmente al bienestar del estado y de la clase política que lo dirige. Sí, Virginia, hay una guerra de clases y la gente común la está perdiendo.

No es necesario ser un Jeremías que clama en alta voz a una Jerusalén pecadora que el Señor está a punto de afligirlos por sus pecados de idolatría, o una Casandra que se hace insoportable mientras ronda los terrenos del palacio del Rey Príamo gritando: "Ya vienen los griegos."

O un Sócrates, el tábano, clavando en las ancas del poder el aguijón de la verdad. O incluso un Paul Revere, si los caballos aún estuvieran de moda. Solo hay que ser un reportero con los ojos abiertos para ver lo que está sucediendo a nuestra democracia. He tenido la suerte suficiente para pasar mi vida adulta como periodista, adquiriendo una educación invaluable acerca de las cosas del mundo, y recibiendo un pago por ejercer uno de los imperativos esenciales de mi profesión: conectar los puntos.

Es inevitable llegar a la conclusión de que estamos en peligro.

Reporto el asalto a la naturaleza que se evidencia en la extracción de carbón que destroza las cimas de las montañas y las lanza a los ríos, sacrificando la salud y la vida de los que habitan en los valles fluviales en aras de la ganancia a corto plazo, y veo una relación entre ese proceso y el frenesí de la bolsa de valores que desprecia las inversiones a largo plazo --genuinos ahorros-- a favor de una pronta ganancia y burbujas especulativas cuyo estallido inevitable deja a los que tienen información confidencial con los bolsillos repletos, y a millones de pequeños accionistas, pensionados o trabajadores sin empleo, sin suerte y sin esperanza.

Y luego veo la relación entre esos desastres y la eliminación de las regulaciones para la banca y los valores que tienen más de sesenta años, diseñadas durante la Gran Depresión para evitar exactamente ese tipo de daño humano y económico. ¿Quién insistió en la eliminación del cortafuego? Una administración y un Congreso que son las marionetas políticas de los especuladores y que debido a sus esfuerzos son bien recompensados con contribuciones indispensables de campaña. Hasta los honorables oponentes a esa práctica se ven atrapados en la red de un sistema electoral que limita eficazmente la competencia a aquellos que pueden darse el lujo de gastar millones para aspirar a un cargo. Les guste o no, los candidatos saben que la generosidad de la que depende su futuro político durará solo mientras su voto sea satisfactorio para los "platudos" que abren y cierran la bolsa del dinero.

Las calificaciones de propiedad para los cargos federales que los redactores de la Constitución seleccionaron expresamente para excluir a los que demostraran una impropia "veneración por la riqueza" son válidas ahora y más altas de lo que los Padres Fundadores pudieron imaginar. "El dinero manda. Nuestras leyes son el resultado de un sistema que cubre a los pillos de ropajes y la honestidad en harapos.

Los partidos nos mienten y los oradores políticos nos engañan." Esas palabras fueron dichas por la oradora populista Mary Elizabeth Lease durante la revuelta de los prados que recorrió las Grandes Praderas, poco más de 120 años después de que la Constitución fuera firmada. Son ciertas hoy, y eso también significa peligro.

Entonces me fijo en la estadística que muestra que el salario real se retrasa con relación a los precios, la compensación de los magnates de las corporaciones se eleva a alturas inigualadas entre las democracias industrializadas, la implacable tacañería de los fondos federales dedicados a las escuelas públicas, a recalificar a los trabajadores cuyos empleos han sido exportados, y a los programas de ayuda en alimentos y cuidados médicos para niños pobres, todo lo cual les arrebata los medios por los cuales los norteamericanos de pocos recursos, pero manos y corazones dispuestos, podrían trabajar y elevarse hasta la independencia de clase media. Y conecto esos números a las campañas de nuestros triunfantes reaccionarios contra los sindicatos y mejores salarios mínimos, y a su éxito en reformular los códigos tributarios para quitarles su carácter progresivo, echando la carga de Atlas sobre una clase media en retroceso llena de deudas por las tarjetas de crédito, a medida que los asalariados luchan por mantenerse a flote ante el aumento de los costos de los cuidados de salud, la matrícula universitaria, una vivienda decorosa, mientras que enormes herencias no son tocadas, se legalizan los paraísos fiscales, las tasas sobre las ganancias capitales bajan y los ricos se vuelven más ricos y con cada incremento de su riqueza pueden comprar más influencia sobre los que hacen la ley y los que la hacen cumplir.

Edward R. Murrow dijo a su generación de periodistas: "Nadie puede eliminar los prejuicios --solo reconocerlos." Este es mi prejuicio:

los extremos de riqueza y pobreza no pueden ser reconciliados con una política genuinamente democrática. Cuando el estado se convierte en el guardián del poder y del privilegio a costa de la justicia para el pueblo en general, se burla del concepto mismo de gobierno tal como está proclamado en el preámbulo de nuestra Constitución; se burla de la sagrada creencia de Lincoln en un "gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo"; se burla de la noción democrática del gobierno como "una unión voluntaria para el bien común" expresada en la gran ola de reforma que produjo la Era Progresista y los dos Roosevelt. En contraste, la filosofía popularizada en el último cuarto de siglo que la "libertad" significa simplemente la libertad para escoger entra marcas competidoras de productos de consumo, que los impuestos son un robo injusto de los exitosos para recompensar a los incompetentes, y que el mercado satisfará todas las necesidades humanas mientras que el gobierno se convierte en el facilitador del privilegio --la filosofía de un antiguo darwinismo social y un capitalismo de laissez- faire con nuevos ropajes-- es tan subversivo como la traición de Benedict Arnold a la Revolución que una vez sirvió.

Nuevamente cito a Mary Lease: los grandes males que castigan a la sociedad norteamericana y socavan los cimientos de la república no provienen de la legítima operación del gran gobierno humano que nuestros padres nos dieron, sino que provienen de haber pisoteados sus sencillas disposiciones."

Nuestra democracia ha prosperado más cuando ha estado firmemente anclada en la idea de que "Nosotros, el pueblo" --no solo unos cuantos favorecidos--identificaríamos y remediaríamos las molestias y dilemas comunes y justificaríamos el riesgo que corrieron nuestros antepasados cuando abrazaron la idea radical de que el pueblo podría gobernarse sabiamente. Quien quiera que trate de suplantar eso con nociones de una sociedad totalmente privatizada de consumidores en competencia socava a un país que, como dice Gordon S. Wood en su excelente libro El radicalismo de la revolución norteamericana, descubrió su grandeza "creando una sociedad próspera y libre perteneciente a un pueblo oscuro con sus preocupaciones diarias y su búsqueda pecuniaria de la felicidad" --una democracia que cambió la vida "de masas de gente trabajadora común, hasta entonces olvidadas y despreciadas".

Quisiera poder decir que los periodistas en general están mostrando el mismo interés en descubrir los peligrosos vínculos que frustran esta democracia. No es por falta de honestos y valerosos individuos que arriesgarían su carrera por decir la verdad al poder --un riesgo modesto si se compara con el de algunos periodistas en países autoritarios, los cuales han sido encarcelados o asesinados por un "crimen" idéntico. Pero nuestros periodistas no controlan los instrumentos que tocan. A medida que los conglomerados se tragan periódicos, revistas, casas editoriales y cadenas, y la ganancia, en vez del producto, se convierte en la meta del esfuerzo corporativo, las organizaciones noticiosas --en especial en la televisión-- son incorporadas a divisiones de entretenimiento. El espacio de noticias en los medios impresos se reduce para incluir más publicidad, y los artículos que necesitan los ciudadanos informados que trabajan de conjunto son eliminados para incluir los últimos escándalos de los famosos, porque los magnates de los medios han decidido que descubrir las interioridades del poder público y privado es aburrido y alejará a los espectadores y a los lectores hacia una papilla más atrayente. Los buenos reporteros y editores se enfrentan a muros de resistencia cuando tratan de publicar reportajes serios e informativos a los que han dedicado mucho trabajo. Los propietarios de los medios que debieran estar sonando la alarma desde las almenas de la democracia, en su lugar tocan canciones tontas en cornetas de lata, rebajando la base de su existencia y sus derechos de la Primera Enmienda.

Bill Moyers es autor de muchos libros, entre otros Moyers acerca de la democracia (Doubleday, 2008), y conductor del programa "Bill Moyers Journal", del Sistema Público de Difusión.

http://www.commondreams.org/archive/2008/05/17/9016/