Semana: 2/Septiembre - 8/Septiembre/2010
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Antiguas memorias (Primera parte)

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Por Saul Landau

En abril de 1951, a Harry Truman le preocupaba que la escalada de las operaciones militares de EEUU en Corea pudiera provocar a las fuerzas armadas soviéticas. Moscú ya había suministrado a Corea del Norte armas y aviones de combate con pilotos soviéticos. El General Douglas MacArthur propuso públicamente el envío de tropas norteamericanas a través del río Yalú (frontera de Corea del Norte con China), para perseguir a las fuerzas norcoreanas y chinas.  El 11 de abril Truman destituyó a MacArthur de su cargo en Corea y Japón --posiblemente la decisión más impopular desde el punto de vista político en toda la historia presidencial de EEUU.

Yo acudí a la bienvenida a MacArthur en la ciudad de Nueva York. Junto con miles de otros vitoreé, sin saber por qué… excepto que era un general que deseaba pelear y fue destituido por un presidente sin valor.

En el verano, mientras la tasa de aprobación de Truman se desplomaba, mi amigo Harvey y yo mostramos el pulgar y nos dirigimos al oeste. Dos quinceañeros en camino a California en busca del oro --un eufemismo de la aventura y el entusiasmo. La gente de la cuadra (Avenida Anderson entre 166 y 167, cerca del Yankee Stadium) apostó a cualquier cosa. El corredor de apuestas de la cuadra, que más tarde se hizo abogado, aceptó apuestas de diez a uno en contra nuestra. Él calculaba que si llegábamos a California, él ganaría un montón. Harvey y yo exudábamos una confianza total. Yo tenía la esperanza de que él realmente la sintiera. Cada uno de nosotros llevaba $40 dólares.

Con mapas de carretera prestados de mi primo --pocos dueños de autos en el sureste del Bronx de aquellos días-- trazamos nuestra ruta. Aseguré a mis padres que llamaría a mi tío en Los Ángeles en cuanto llegáramos. Mi madre lloró. “Llama a pagar aquí todas las noches”, me rogó.  Mi abuela me abrazó y a escondidas me dio $20 dólares, lo que aumentó mi fortuna a $60. Mi padre refunfuñó. “Si te vas, no vuelvas”.

Con las amenazas de mi padre sonándome en los oídos, al día siguiente estuve con Harvey en la Autopista Pennsylvania durante varias horas en la rampa, el lugar en el que el primer conductor amable nos dejó. Por la tarde, un camionero nos llevó al suroeste--más o menos en dirección a California. La Autopista era una excepción, con sus cuatro lisas carrileras, sin uno solo de los ubicuos carteles de Burma Shave.

 Cuando conduzcas

Nada de indecisiones

Conduce como si todos

Los demás estuvieran locos

Burma Shave

Avanzando principalmente por carreteras de dos vías, oímos música country  en los radios de autos que ahora son antigüedades, como Nash Ramblers, y de arcanos De Sotos. Entre una canción y otra, los locutores de noticias ofrecían informes acerca de sangrientas batallas en Corea --donde Harvey y yo asegurábamos que deseábamos estar, si tuviéramos tres años más.

Dormimos en hoteles de mala muerte en poblados de estados que solo conocíamos de los mapas ($5 la noche por una cama doble), comimos hamburguesas grasientas ($1,50 - $2,00 por comida) y yo llamaba a casa, a pagar allá, para oír los suspiros de alivio de mi madre y el inicio de sus sollozos cuando yo me despedía. Los adolescentes saben cómo hacer sufrir a los padres.

Un camionero de mediana edad insistió en que lo acompañáramos a un oficio religioso en una carpa cerca de Enid, Oklahoma. Ninguno de nosotros había estado jamás dentro de una iglesia cristiana, mucho menos con un techo de lona inventado. La gente exclamaba en lenguas de extraños sonidos. Pero parecían divertirse mucho. El camionero sonrió cuando le preguntamos acerca del idioma. “Lenguas”, dijo. “El idioma de Dios”. Nos dejó más tarde cerca de un cartel de Burma Shave.

El lugar para pasar

En las curvas

Sabes

Que solo es

En un concurso de belleza

Cerca de la frontera Texas-Oklahoma, una mujer con un montón de niños nos recogió, oyó nuestra historia acerca de ir en autostop hasta California, se rió, nos llevó a su casa (un rancho destartalado) y nos dio de comer insípidos sándwiches de jamón con pan viejo. Comimos. “El Señor los protegerá”, dijo.

“Del vómito y la diarrea”, bromeó Harvey.

En la sala había un retrato de su esposo, “está combatiendo en Corea”, dijo ella con sonrisa amarga. Harvey y yo le aseguramos que el año próximo iríamos a ayudarlo. Mentimos acerca de nuestra edad.

En el verano de 1951, los bombarderos norteamericanos pulverizaron a Corea del Norte mientras simultáneamente el gobierno de EEUU y su aliado surcoreano iniciaban conversaciones con China y Corea del Norte en Kaeson. La radio reportaba que durante esas negociaciones de paz, las fuerzas lideradas por EEUU trataron de recapturar  la mayor porción posible de Corea, para no perder territorio en caso de que se llegara a un acuerdo. Los chinos y los norcoreanos tenían la misma idea.

Durante toda la guerra oímos a los reporteros radiales hablar de batallas en Cresta Sangrienta, Cresta Congoja, Viejo Calvo y Caballo Blanco, sin tener la menor noción de dónde se encontraban esos lugares o por qué estaban peleando. Harvey y yo  cantábamos “Sound Off” --la cadencia de marcha de combate de “Battleground” (el filme de 1949 acerca del orgullo y la dignidad de las tropas norteamericanas en Europa). Anduvimos por caminos poco transitados gritando la mantra militar: “Jodie estaba allí cuando te marchaste, es verdad” --lo más cerca que podíamos estar de defender el honor de nuestra nación, o lo que significara esa guerra. (Una semana más tarde en Los Ángeles, el Tío Max, comunista, nos dio una conferencia acerca de esas nociones.)

Harvey yo no tratamos de comprender la guerra de Corea o cualquier cosa más allá de alcanzar nuestro objetivo de California. Un camionero nos dejó en Amarillo, Texas, y calculamos que habíamos llegado a la mitad del camino. Llegamos a una bolera en el centro del pueblo, convencimos al propietario para que nos contratara para parar los bolos (a diez centavos la fila) por esa noche (nos necesitaba) y hasta negociamos un lugar para dormir sobre el callejón --por $2 dólares.

 Eufóricos con nuestras ganancias --$6,30--nos dirigimos a paso desenvuelto hacia la carretera que llevaba al Oeste, donde nos detuvo un policía. “Un par de chicos de Judío York echando una mirada a la forma en que vive el resto”, dijo con una amistosa sonrisa sureña. “Bueno, les mostraré cómo vive la gente en las afueras del pueblo”. Mientras atravesábamos Amarillo en el asiento de atrás del patrullero nos preguntó: “¿Y su Papi y su Mami saben que ustedes andan por aquí?”

“Por supuesto”, respondimos a coro.

Sonrió incrédulo y nos dejó en una remota colina negra donde había pocas casas y el matorral era tupido.

“Sigan caminando”, dijo sonriendo. “Regresaré a vigilarlos”, prometió.

El sol nos castigó el cuello, el hambre y la sed nos golpeó las tripas. Caminamos --y sudamos-- y cantamos. “Tu niño se sentía solo --tan solo como se puede estar… Hasta que Jodie le suministró compañía. Izquierda… Derecha”.

El policía regresó dos veces, nos mostró una sonrisa de comemierda y se marchó. Horas después, deshidratados y molestos, de alguna manera hicimos que un hombre en un convertible se detuviera. A los pocos minutos nos ofreció bebida de una petaca que llevaba escondida debajo de su asiento. Aceptamos, naturalmente. Para cuando llegamos a Texas Occidental --¿un millón de kilómetros?-- los tres estábamos borrachos. El conductor, un ex vaquero de rodeo, chocó su auto contra una cerca. Nos fuimos caminando. Él dormía o estaba inconsciente. El letrero de Burma Shave cerca de allí decía:

El tipo

Que conduce

Un auto totalmente abierto

No está

Pensando

Solo tiene esperanza

Un viejo granjero nos recogió y se fumó nuestros cigarrillos hasta que llegamos a Tucumcari, Nuevo México. Desayunamos en un restaurante mexicano por 50 centavos cada uno, y nos quemamos la boca en una quemante mañana de julio. Le dije a Harvey que mi familia había discutido un nuevo filme, llamado La sal de la tierra, acerca de unos mineros que hicieron una huelga en algún lugar de Nuevo México. Después de tomar agua en un vano intento por apagar los fuegos de nuestra cavidad oral, un hombre de mediana edad meticulosamente vestido se ofreció a llevarnos en su nuevo Ford. Nos advirtió de que no le ensuciáramos su nuevo auto.  “Nada de comer ni de beber en este vehículo”, ordenó.

Nos dejó en Albuquerque (menos de 100 000 habitantes entonces, más de medio millón en la actualidad). Conducía de manera segura, sin detenerse. Puso música country y cambiaba de estación cundo empezaban las noticias. Desde el asiento trasero, noté que Harvey se ponía rígido. Pareció estar súper tenso durante el viaje de una hora. El propietario del auto silbaba las canciones del radio.

Yo le dije adiós. Harvey escupió. “El cabrón me estuvo rozando la pierna todo el tiempo. Quería matarlo”.

“¿Y?”, pregunté.

“Pensé que podía llevar una pistola”.

Por la noche llegamos a Winslow, Arizona. Justo cuando nos dejaron y nos acomodamos nuestras primitivas mochilas y levantamos el pulgar, un alguacil nos detuvo por “hacer autostop” y nos encerró en una celda llena de mexicanos e indios, bastante atemorizantes --para unos quinceañeros. Después de todo, los únicos mexicanos e indios que habíamos visto habían sido en los filmes de Hollywood.

“Los encerré aquí para su propia protección”, nos aseguró. Por suerte, la mayor parte de los hombres estaban demasiado borrachos para notar nuestra presencia.

Fuera del área de la celda, un guardia escuchaba música country a todo volumen. El locutor de noticias interrumpió a la hora en punto para reportar intensos combates para apoderase de alguna colina en Corea. Me dormí tratando de imaginarme aferrado a un M1 con mis flacos brazos de adolescente en medio de la batalla.

Saul Landau es miembro del Instituto para Estudios de Política. Sus filmes están disponibles en This e-mail address is being protected from spambots. You need JavaScript enabled to view it . 

 

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